Portfolio in Red (2014-2021)
En el pensamiento oriental, la filosofía que nos conecta con los colores es el Chi, traducido como nuestro espíritu, la psique, la energía que nos posee allá dentro, en nuestro interior. El color es un factor determinante en el balance físico y emocional del Chi: lo puede estimular o deprimir, armonizarlo o abrumarlo. Según dónde nos encontremos, y con quién estemos, el Chi percibe una gama cromática que emite sensaciones que son traducidas por nuestro cerebro a partir de reacciones y emociones. El color describe propiedades emocionales en cada contexto o situación, y comporta disímiles significaciones.
El rojo es uno en los que mejor se advierte esa polaridad simbólica, en tanto está asociado a aspectos tan contrastantes entre ellos. Puede referirse a cuestiones positivas como el amor y la felicidad y a la vez asociarse a los conceptos de odio y violencia. Todo depende de cómo y dónde esté empleado, y de quién lo aprecie de acuerdo a su horizonte cultural.
Las significaciones del rojo varían constantemente, pero algo sí está claro al respecto de este: es el color de la vida, de la explosividad, de las pasiones –las excitantes y las desgarradoras. Es el color por excelencia de la intensidad y lo visceral, que despierta en nuestro Chi una emocionalidad potente y extrema, y desemboca en una respuesta emocional intensa.
En artes y psicología, se dice que es la referencia cromática más antigua, ubicada temporalmente en el principio mismo de la Historia, como color empleado por los primeros habitantes para comunicarse y para registrar sus dinámicas de desarrollo. Recuérdese, en caso de dudas, las exquisitas pinturas rupestres que se conservan en las cuevas de Altamira, en España.
Y es que aun hoy, varios siglos después, el rojo sigue siendo el preferido por muchos para diseñar, para pintar, para vestir, para decorar, para fotografiar. Tal es el caso de este Portfolio in Red, de William Riera, quien ha perseguido el simbolismo de dicho color por contextos y culturas tan diversas como diversas son también sus significaciones en cada imagen. William ha tomado el rojo como guía visual y conceptual de su objetivo, y le otorga en cada captura un poderoso acento estético.
Aun cuando existen tensiones visuales entre las fotografías, Riera ha hecho confluir de manera coherente la multiplicidad de asociaciones que se le otorgan al rojo, y las ha reunido aquí, como extensiones variables que pululan al interior de un núcleo unificador, para mostrarnos un abanico tonal de rojos que en cada región o cultura comporta un sentido diferente. Y lo logra exquisitamente –en mi opinión– gracias a esa mirada crítica con la que rastrea cada escena buscando encontrar el rojo en su esplendor tonal, en su expresividad conceptual, en su rol de comunicador. Es el que nos sitúa ante contextos sociales o geográficos determinados en los cuales nos adentramos.
Precisamente, el fotógrafo le confiere al rojo el papel protagónico en cada escena. Si bien las poses, los rostros, los ambientes, los espacios públicos, las situaciones presentan referencias inherentes en el proceso de decodificación, es el rojo el que acentúa esas poses –de extroversión o languidez–; esas expresiones en los rostros –de alegría y sobresalto o de resignación y angustia–; esos ambientes –de festividad o de nostalgia–; esos espacios públicos –de alboroto o melancolía–; esas situaciones duales que nos hablan de belleza y añoranza, de poder y masculinidad, de amor y de sexo, de éxito y de esfuerzo.
Cada una de estas composiciones constituyen una puerta que invita a entrar y conocer sobre una historia sociológica y cultural y, por increíble que parezca, es a través del rojo que podemos adentrarnos y dejarnos llevar. William ha registrado aquí cómo el rojo en China y las culturas orientales está asociado a la felicidad, al bienestar, a la buena fortuna y a una vida próspera. De ahí que las novias vistan de rojo el día de su casamiento, que los restaurantes opten por una decoración que transita por diversos matices rojizos, incluida la iluminación. Asimismo, es el color de la bandera de dicho país, siendo el que mayor presencia tiene en los diseños de banderas de todo el mundo. Además, el uniforme de los soldados de guerra en esta región del planeta se consideraba debía ser rojo por la fuerza y el vigor que este color transmitía a quien portaba dichos atuendos.
El fotógrafo nos muestra también el abanico simbólico del rojo desde la religiosidad. Es la sangre de Cristo, el recuerdo del sacrificio de uno por todos. Por ello, los días en que se celebra la Pasión de Cristo, los sacerdotes visten el rojo y el mantel del altar también lo es, y hasta las expresiones de los fieles parecieran palidecer en tonos rojizos.
Pero William, además, nos sumerge en los recovecos de las denominadas “bajas pasiones”, en las que el rojo es el elemento sine qua non en nuestro pensamiento. Escaparates con mujeres “disponibles” para satisfacer los deseos de quienes las solicitan, o el glorioso cabaret parisino Moulin Rouge –que trae ya incorporado en su nombre el color de la pasión– nos llevan a deducir el ambiente de frenesí, delirio, labios rojos, pestañas alargadas, muslos descubiertos, pechos insinuadores, plumas y telas traslúcidas que acentúan su sexualidad y sensualidad a través del rojo intenso.
Este es un color que transmite deseo, hambre de pasión, anhelo y apetencia. Es el color de los temperamentos sanguíneos, de la elegancia, pero también de lo excéntrico. Representa lo competitivo, lo ardiente, el éxito. De ahí que marcas de la talla mundial como Coca-Cola lo haya asumido para comunicar la fuerza, la calidad y la singularidad de su producto respecto a otros en el mercado. A esta intencionalidad también se suma que los comercios, restaurantes, fachadas de hogares y empresas lo utilicen como parte de su identidad. El rojo es un color universal, que se nos presenta vivaz, caluroso, penetrante, sea cual sea su contexto.
Rojo deriva del latín “russus” que significa “rojo subido”, que a su vez está relacionado como “reudh” que proviene del protoindoeuropeo y que se refiere a “rojizo”. Pero del latín “russus”, ha derivado también al término catalán “roig”, al italiano “rosso”, al francés “rouge”. Todos con el mismo significado: rojo.
En artes, el rojo es ardiente, fuego, sangre, viveza, sexualidad, erotismo. Hace que el texto y la imagen cobren protagonismo, fuerza visual, los hace avanzar a un primer plano. Provoca reacciones en nosotros, nos enerva la psiquis o nos traslada a una degustación emocional.
Ya sea en Oriente, Europa, África, América Latina o en una isla del Caribe, el rojo es un color cultural, que ha formado parte esencial de prácticas y creencias disímiles, y que sigue siendo para toda la fuente de energía del universo, parafraseando a Lim Yun, cuyo candente color emerge desde el Este al amanecer. El rojo seguirá siendo una forma especial para mantener la gracia emocional de nuestro Chi. Es el color escogido por William Riera para traducir historias a través de imágenes.
Yenny Hernández Valdés
Curadora e Historiadora del Arte
La Habana, Cuba, Octubre, 2020